Tras el fin del súper ciclo de la cereza, el explosivo crecimiento de las exportaciones de avellana abre una nueva etapa para el agro chileno, con fuerte expansión de superficie, diversificación de mercados y creciente interés inversionista.
El campo chileno está viviendo un cambio de era. Luego de años marcados por el auge de las cerezas —el denominado “oro rojo” que encontró en China su principal mercado— la industria enfrenta un proceso de ajuste tras temporadas complejas que evidenciaron sobreoferta, caída de precios y alta dependencia de un solo destino. La campaña 2025 fue considerada una de las más difíciles para el sector, y el escenario actual confirma que el período de rentabilidades extraordinarias llegó a su fin, obligando a productores y exportadores a replantear su estrategia.
En ese contexto, el avellano europeo emerge como el cultivo que capitaliza esta transición. Según cifras publicadas por Emol, el valor de las exportaciones de avellanas chilenas pasó de US$73 millones en 2018 a US$505 millones en 2025, lo que equivale a un crecimiento cercano al 590% en siete años. Solo entre 2024 y 2025 el salto fue significativo, y enero de 2026 registró un incremento interanual superior al 700%, cifras que confirman la consolidación de este fruto seco como una de las apuestas más dinámicas del sector agrícola.
El crecimiento no solo se explica por mejores precios, sino también por un fuerte aumento en volumen y superficie plantada. De acuerdo con datos de Odepa, la superficie de avellanos aumentó 467% entre 2014 y 2025, pasando de poco más de 8.600 hectáreas a cerca de 49.000. La Región del Maule lidera esta expansión, seguida por La Araucanía y Ñuble, configurando un eje productivo que se consolida desde el centro-sur hacia el sur del país. Las proyecciones del sector apuntan a que la superficie podría alcanzar entre 70.000 y 75.000 hectáreas en los próximos años, reflejando la confianza que existe en el negocio.
El atractivo del avellano no es casual. A diferencia de otros frutales intensivos en mano de obra, se trata de un cultivo altamente mecanizable, con menores costos iniciales y una estructura productiva que resulta más eficiente en un escenario marcado por mayores exigencias laborales y climáticas. Además, la demanda internacional —especialmente de la industria confitera europea— ha sido un motor clave. Italia concentra cerca del 47% del valor exportado en 2025, aunque en los últimos meses han emergido con fuerza mercados como Francia y China, lo que podría abrir una etapa de mayor diversificación comercial.
Chile ya se posiciona como el segundo productor mundial de avellanas, solo detrás de Turquía, superando las 100 mil toneladas anuales y consolidándose como proveedor estratégico para grandes compañías internacionales del rubro alimentario. Este nuevo protagonismo no solo compensa parcialmente el ajuste de la cereza, sino que redefine el portafolio exportador agrícola del país, reduciendo riesgos asociados a la concentración en un solo cultivo o destino.
La historia reciente del agro chileno demuestra que los ciclos de expansión suelen ir seguidos de períodos de ajuste y reconversión. Así ocurrió con la uva de mesa, el kiwi o la manzana. Hoy, la migración desde cerezos hacia avellanos refleja esa capacidad de adaptación del sector, que busca rentabilidad, estabilidad y proyección de largo plazo. La avellana, que hace una década ocupaba un espacio secundario en la matriz productiva, se perfila ahora como uno de los pilares del nuevo ciclo exportador chileno.